¿Barrica, fudre o huevo de cemento? Un abanico de posibilidades

Uno de nuestros principales atributos y elemento transversal en nuestro ADN es la innovación. Ésta, entendida desde nuestro espíritu explorador que nos llevó a ser los primeros en plantar parras en el valle de Casablanca, precursores en la plantación de campos de alta densidad, pioneros en lanzar una línea llamada Aventura enfocada en destacar la desconocida diversidad de terruños y variedades de Chile; y ser una de las primeras viñas en rescatar terruños y técnicas ancestrales de vinificación, por nombrar algunas.

Este inquieto espíritu nos ha llevado a explorar nuevas tierras, mezclas y estilos, y también, a crear una bodega destinada a dar cabida a la experimentación, que hemos llamado justamente “Bodega Aventura”.  Un lugar que nos permitirá jugar con nuevas variedades, probar innovadores recipientes de fermentación y guarda; y testear nuevas técnicas, con el fin de seguir entregando vinos honestos y con una identidad muy clara.

En esta bodega contamos con diferentes elementos para la vinificación y guarda, siendo este último un factor de suma importancia, y que hace que cada vino tome su propia expresión, consiguiendo un sinfín de matices.

Para la crianza existen diversos contenedores, siendo el más popular y tradicional, la barrica, un recipiente de madera de 225 litros, que oxigena el vino lentamente y aporta aromas y sabores, estructurando en forma definitiva un vino. Entre sus variedades, la más conocida y tradicional, es la barrica de roble francés, con la cual se consiguen vinos suaves y elegantes.

De igual forma, muy conocidos y utilizados son los fudres. Estos toneles de gran tamaño, hechos en madera usualmente de roble, cuya forma puede ser redonda u ovalada, se mantienen de forma horizontal y su relación madera/vino es más baja con relación a la barrica, generando una crianza más lenta y aportando menos aromas y sabores a madera, resaltando más la fruta y, por lo tanto, el origen de la uva. Su capacidad es de 2.000 y 4.000 lt.

Otro contenedor para vinificación y crianza es el huevo de cemento, un depósito donde el vino recibe una buena oxigenación sin aportar sabores y aromas dulces o tostados, a diferencia de la madera. Las paredes relativamente gruesas del cemento amortiguan las diferencias de temperatura con el exterior sin concentrar el calor en forma elevada, lo que permite lograr fermentaciones suaves y continuas. Además, y gracias a su forma casi esférica y las diferencias de temperatura que se generan en su interior, el vino circula en forma lateral y vertical, manteniendo las borras en ligera suspensión, entregando una sensación de mayor volumen en boca y una destacada pureza de aromas.

Las cubas de madera troncocónicas también son utilizadas para fermentación y crianza de los vinos. Las cubas oxigenan lentamente al vino, aportando a la polimeración temprana de los taninos, es decir haciéndolos más suaves y aportan textura y aromas propios de la madera debido al contacto estrecho entre ambos. Su capacidad es de  entre 1.000  y 5.000 litros.

Por último, encontramos las cubas de cerámica, pequeños estanques esféricos y oblongos que están volviendo a ser usadas en el proceso de vinificación. La arcilla trabajada a alta temperatura transforma su estructura casi en un vidrio, lo que permite mantener el vino aislado de elementos ajenos. Estas cubas son utilizadas principalmente para la fermentación y crianza de viñedos experimentales de Chenin Blanc, Vermentino, Semillón con y sin orujos, Mourvedre, Tempranillo, Touriga Nacional, Sangiovese.

Es así, como cada uno de estos recipientes aporta distintas características a la mezcla en el proceso de crianza, las que serán parte del aroma, sabor y carácter del vino final. Y no es que haya uno mejor que otro, sino que dependerá del estilo que quiera lograrse, de acuerdo con lo que se quiera obtener en el vino.

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