Châteauneuf du Maule, aventuras, sueños y realidad – Parte II

Mi amigo y yo hicimos este viaje en tres semanas. Nuestro presupuesto era escaso, alojábamos en carpa, y almorzábamos baguette con queso y jamón. Pero bien valió la pena, pues llegamos a conocer a productores de la talla de Jean Luis Chave, antes de que fuera casi imposible hacerle una visita. También tuvimos la oportunidad de tener un acercamiento al concepto biodinámico a mayor escala gracias a una visita a Chapoutier. Pero confieso que en aquella época casi no entendía el calibre de los personajes del mundo del vino que estaba conociendo.

Fue un gran viaje. Incluso definitorio en cierta medida. Así fue como mi amigo Sergio Pappalardo decidió dedicarse a los vinos naturales, labor que realiza con gran éxito hasta hoy. Y para mí significó una oportunidad notable de abrir la mente y el paladar fuera de Burdeos y Borgoña, incorporando conocimientos nuevos de primera fuente.

Ya de vuelta en Chile, algunos años después, en 2011, recordaba particularmente esta experiencia a la hora de vinificar las uvas de los dos pequeños cuarteles de garnacha que visionariamente Pablo Morandé había injertado pocos años antes sobre viejas parras de semillón y sauvignon vert. Aguardamos cinco años a que el injerto se afianzara y se desarrollara la parra antes de lanzarnos en esta aventura. Esta vez, el escenario era el bello viñedo Santa Elena de Comávida en Melozal, Maule.

Allí tenemos nuestro sencillo Châteauneuf-du-Maule, con syrah injertado sobre viejas parras de país, antiguos carignanes a pie franco y las garnachas. Marsanne y roussanne, completan el cuadro y terminan de cuajar un vino único, que muestra jugosos frutos rojos, y una acidez punzante. Ello le da verticalidad y frescor a los 14,5 grados de alcohol que fácilmente alcanza la garnacha.

Hemos aprendido que estas variedades mediterráneas, que no son tan conocidas en Chile, funcionan bajo otra lógica respecto de las bordeleses. A pesar de su alcohol y taninos afilados, son vinos que en cierta forma son delicados y agudos, y que poseen una relación distinta con la madera durante la crianza. Fuimos entendiendo esto cosecha tras cosecha, pasando de envejecer 16 meses en barricas francesas (de las cuales un 15% eran nuevas) a hacerlo solo en barricas usadas.

Luego cambiamos a fudres tostados, hasta llegar finalmente a fudres sin tostar, construidos por artesanos toneleros que usan la mejor madera curada al aire libre por más de tres años. De esta forma logramos resaltar la fuerza y singularidad de la garnacha y de la cariñena, sin opacar con notas tostadas o dulces la pureza varietal que es, a mi parecer lo mejor de estas uvas.

Estamos orgullosos y satisfechos de ofrecer y compartir experiencias distintas a través de nuestros vinos. Y, sin duda, este Mediterráneo -que surgió inicialmente de la imaginación durante un largo viaje recorriendo un río- finalmente se concretó en el Secano Interior del Maule para encarnar nuestra pasión por la vid y el vino.

Ricardo Baettig

Enólogo Viña Morandé

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