House of Morandé, el Cadillac de nuestra bodega.

Tomar la posta de manos de uno de los más importantes enólogos de Chile es un desafío y una responsabilidad que aún siento hasta el día de hoy. Afortunadamente, en esta tarea no estoy solo. En Viña Morandé somos un equipo que se complementa y disfruta de su trabajo. Mi misión no ha sido reemplazar, ya que eso es imposible, sino continuar una visión y una forma fluida y natural de sentir el oficio. Proyectar hacia el futuro un modo de entender e interpretar los viñedos a través de los vinos que hacemos y que son el sello de Viña Morandé.

Se hace fácil cuando existe generosidad y los propósitos están mancomunados, como en este caso. Sin embargo, puedo afirmar que hacer el ícono de la bodega, el vino creado y soñado por su fundador, aún me genera mariposas en el estómago. Pero es siempre un difícil y bello desafío estar a la altura del reto, año a año, vendimia tras vendimia.

Recuerdo en particular un momento de los inicios de esta aventura que me sirvió como punto de referencia para entender, de boca de su protagonista, qué es nuestro House of Morandé. Haciendo una degustación con público en un restaurante de Santiago, Pablo Morandé y yo nos repartimos los vinos a presentar. La última copa de la noche, como es lógico, fue nuestro House, y lo comentó el enólogo que lo había creado desde el viñedo, ubicado a los pies del cerro Chena, frente al pueblo de San Bernardo, hasta su vinificación y guarda. Era un muy buen modo de entender los puntos firmes de lo que podríamos llamar un vino de autor.

Como buen poeta que es, Pablo Morandé utilizó una alegoría o metáfora que no he olvidado para describir el vino: “al beberlo me siento a bordo de un Cadillac descapotado, manejando cómodo, con el codo sobre la puerta, a velocidad de crucero, recorriendo kilómetros sin cansarme y disfrutando del viaje. Un vino de paso largo y potente, a la vez que suave”. Sólo le faltó decir que iba fumando su proverbial puro a bordo del Cadillac…

Y si, al probarlo, esta metáfora adquirió todo su sentido. Las dos parcelas de cabernet sauvignon y cabernet franc que dan vida a House of Morandé se manejan y vinifican de manera específica para crear un vino de guarda que fusione la elegancia estructural del Maipo Alto con las particularidades del terroir de Chena. Porque al estar rodeado por cerros, allí se crea un microclima levemente más cálido que en el de su vecino Puente Alto, aunque ambos comparten el mismo suelo aluvial de la tercera terraza del río Maipo. Estas particularidades, además del aporte de aguas ricas en sales, las que provienen de los volcanes donde nace el río, se unen gracias a la buena mano del enólogo para producir uvas que darán origen a vinos de gran volumen, con notas de frutas negras y especias.

Pocos años después, cuando recibí la posta de manos de Pablo Morandé para continuar la saga de nuestro vino, me propuse mantener el estilo de este Cadillac de butaca amplia, cómoda y con cambio al volante, pero haciéndole algunos retoques, ligeros aggiornamenti, como pintarlo de rojo. Ello, gracias a una cosecha mas temprana obligada tanto por el cambio climático como por la influencia del Cavallino Rampante de Ferrari, que llevo dentro.

Si existe un ligero atisbo de arte en el vino, creo que este se puede encontrar en el involuntario reflejo de nuestra personalidad traducida en un objeto. En este caso, un producto vivo como el vino. Ahí se ve algo de nuestra naturaleza, de cómo somos. A partir de la cosecha 2014 me encuentro al volante de este Cadillac. A medida que lo voy acelerando, el vino responde con alcohol más bajo y fruta más roja, lo que se siente como una brisa fresca. Sin embargo, mantiene con firmeza las raíces en el terroir que lo vio nacer y también su diseño de construcción, lo que permite manejar este clásico durante años y a lo largo de muchos kilómetros, con estilo, fuerza y personalidad.

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