PAÍS – No solo de cabernet vive el hombre

Gracias a la globalización, al acceso casi instantáneo a la información, y también a esa actual pulsión por contar y mostrar lo propio, es que nos hemos acercado a realidades que de otra manera seguirían siendo ajenas para nosotros. Lo anterior, además de lo tanto más fácil y barato que se ha vuelto viajar, ha ayudado a que perdamos, al menos en algo, nuestro proverbial formato mental de carácter insular.

Hace poco más de 10 años, cosas tan banales como tomarse un buen espresso, comprar quesos franceses o pan de masa madre, eran rarezas o simplemente imposibles. Hoy, no cabe dudas que nuestros gustos se han sofisticado y nuestro mundo se ha ampliado. Por otra parte, y de manera paradójica, el reverso de esta mayor sofisticación se traduce en un creciente aprecio por lo local, por lo “nuestro”. Nos ha ayudado a darnos cuenta de que lo extranjero no es necesariamente mejor por el solo hecho de serlo, y nos confirma que “en todas partes se cuecen habas” …

No es casualidad entonces que nos sintamos cada vez más orgullosos de nuestra identidad y de nuestras particularidades. Si extendemos estos argumentos al mundo del vino, me parece que este sentimiento está a la base de la revalorización de nuestras uvas de la cepa país.

Hace alrededor de una década que en Chile nos hemos empezado a convencer de que la cepa país, cultivada en el suelo y el clima adecuados, puede darnos vinos muy agradables, genuinamente chilenos, que nos hablan de un lugar. Pero, sobre todo, de una historia ligada a la forma de vida del secano, que hoy reconocemos como un reservorio de la cultura agrícola y una herencia española en la viticultura chilena.

Estos bellos viñedos, podados en cabeza, han sobrevivido al paso del tiempo gracias a su rusticidad, una naturaleza y particularidad que recién hoy estamos en proceso de entender. Nuestro actual desafío es hilar más fino en el viñedo, metiendo en la ecuación la diversidad de suelos, climas y exposiciones, además de las diferencias clonales.

Por de pronto, no se le pide lo que no es o no puede ofrecer. Las uvas de la cepa país nos regalan vinos francos y austeros, siendo precisamente esa falta de complejidad su mayor virtud. Hoy hablamos de vinos deliciosos, para beber en toda ocasión, amigables y nobles. Sin embargo, soy un convencido de que -siempre en su estilo-, alcanzarán mayores alturas en muy poco tiempo más.

En viña Morandé hemos vinificado uvas de país durante los últimos 10 años en distintas “salsas”: desde acero inoxidable con bayas enteras, hasta fermentación en huevos de cemento y maceración carbónica. Hemos probado hacer su crianza en barricas francesas, americanas, de lenga y de raulí.

Nuestro Pionero País, que proviene de parras de más de 80 años plantadas en el viñedo de Melozal, Secano Interior del Maule, es el punto de partida de esta particular aventura por intentar acercar esta variedad, que sentimos tan propia, al consumidor habitual. Se trata de un vino genuino, al que no le pedimos que se vista con ropajes ajenos para que así muestre todas las bondades de la variedad.

Hay que atreverse con la país, porque solo irá mejorando con los años. Y hay que apoyarla para que nos ayude a contrarrestar un déficit congénito de Chile: nuestra escasa imagen-país.

Ricardo Baettig
Enólogo Viña Morandé

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