Maule, el ave fénix de los vinos de Chile

Para nadie es un misterio que en los últimos 10 o 12 años el Valle del Maule ha experimentado un resurgimiento, no solo como un productor de volúmenes, sino también de vinos de gran calidad.

Desde que Pablo Morandé y Francisco Gillmore, con gran intuición y confianza en sus experiencias, envasaran sus primeros vinos de carignan a mediados de los años ’90, el Maule se ha ido desarrollando y revalorizando. Particularmente el Secano Interior y sus viñedos antiguos de carignan y cepa país. Estos últimos no solo aportan sus uvas, sino también su identidad y rusticidad, que permite que se injerten diversas variedades de uva sobre sus raíces, algo que han demostrado funcionar muy bien en ese clima de veranos secos y cálidos, especialmente con cepas tintas como garnacha y mourvèdre, y blancas como roussanne y marsanne.

El Maule es uno de los valles vitícolas más grandes de Chile y, por lo mismo, sus viñedos se extienden desde los pies de la Cordillera de los Andes hasta la Cordillera de la Costa. Sin embargo, es en las faldas de esta última, y mirando hacia el Valle Central, donde se ha desarrollado una viticultura de secano que se mantiene en manos de pequeños y porfiados agricultores. Ellos luchan a diario contra el clima y las plantaciones forestales por un espacio donde mantener sus viñedos conducidos en cabeza y plantados en baja densidad (lo que permite que las parras expandan sus raíces buscando nutrientes y humedad). Allí desarrollan una cultura de vigneron que no tiene nada que envidiarle a la de sus colegas europeos.

Es en estos suelos graníticos, de arcillas rojas y cuarzo, donde se encuentra enclavado Santa Elena de Comávida, un viñedo muy especial para nosotros. Sus parras se anidan en las suaves pendientes de un cerro de la Cordillera de la Costa que se alarga hacia el Valle Central, no lejos de la rivera del río Loncomilla. Allí, las vides de carignan, plantadas a pie franco en los años ’50, dieron vida al antiguo Edición Limitada de Viña Morandé y, más recientemente, a nuestro Vigno. Este vino forma parte de una iniciativa que asocia a productores de carignan cuyas uvas provienen de viejas parras y que se vinifican bajo estrictas reglas de producción. También ha sido una forma de dar a conocer esas pequeñas joyas que se escondían en el Valle del Maule y que han sido la punta de lanza en el resurgir de los vinos del secano, sencillos y honestos, pero de gran carácter, al igual que su gente.

Víctor Rebeco, jefe de campo de Santa Elena, es un claro ejemplo de un viticultor que se encarga de la producción de nuestros viñedos de secano. Su experiencia práctica y personalidad reflexiva hacen que, además de ser agradable trabajar con él, ésta sea una experiencia de invaluable aprendizaje.

En un país donde nos cuesta proyectar una imagen atractiva de nuestras bondades, el Secano del Valle de Maule y, particularmente la uva carignan, con sus vinos llenos de jugosa fruta roja y de deliciosa rusticidad, han sido un pequeño faro. Y también un ejemplo para otras zonas vitivinícolas que han visto en ello una oportunidad de mostrar con orgullo un producto que nace de la tierra, y a través del cual dar a conocer una historia y forma de vida antigua y genuina.

Ricardo Baettig

Enólogo Viña Morandé

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